A veces creemos que olvidar es sanar. Pero algunas personas llegan para quedarse en nuestra historia, incluso cuando ya no están.
La ciudad seguía su ritmo habitual.
Los autos pasaban.
Las personas caminaban deprisa.
Los teléfonos sonaban.
El mundo parecía continuar como si nada hubiera ocurrido.
Pero dentro de mí algo era diferente.
Con los años he descubierto que algunas personas no se marchan cuando se despiden. Tampoco cuando toman otro camino. Ni siquiera cuando la vida decide arrebatárnoslas.
Permanecen.
Habitan en una canción que aparece de repente en la radio.
En una fotografía olvidada dentro de un cajón.
En el aroma de un perfume que reconocemos entre cientos.
En una calle por la que ya no queríamos volver a pasar.
Permanecen porque dejaron algo de sí mismas en nosotros.
Vivimos en una sociedad obsesionada con olvidar. Nos dicen que debemos pasar la página, cerrar ciclos, mirar hacia adelante. Y aunque hay sabiduría en seguir caminando, también existe una belleza profunda en recordar.
Recordar no siempre significa quedarse atrapado en el pasado.
A veces recordar es honrar.
Honrar los momentos que nos transformaron. Las personas que nos enseñaron a amar. Las heridas que nos hicieron más humanos. Los abrazos que llegaron cuando más los necesitábamos.
Con el tiempo comprendí que sanar no consiste en borrar los recuerdos.
Sanar consiste en aprender a convivir con ellos sin que nos destruyan.
Hay ausencias que duelen menos con los años, pero nunca desaparecen por completo. Y quizás está bien que así sea.
Porque algunas personas llegaron para quedarse.
No en nuestra casa.
No en nuestra rutina.
No en nuestra vida diaria.
Sino en nuestra historia.
Y tal vez el verdadero amor no sea retener a alguien para siempre.
Tal vez sea agradecer que existió.
Quizás hoy estés pensando en alguien que ya no está.
No luches contra ese recuerdo.
Agradécele.
Porque si todavía vive en tu memoria, es porque en algún momento tocó una parte de tu alma que jamás volverá a ser la misma.
– John Erkhanmir