Cuando colgué el teléfono, mis manos temblaban sobre el volante.
El corazón me latía tan fuerte que sentía que podía estallar.
La autopista Suroriental se volvió infinita.
Como si se burlara de mi apuro, se alargaba curva tras curva, semáforo tras semáforo.
Los carros parecían obstáculos puestos por el destino para probar mi fe.
Aferrado al timón de aquel Mazda HS color plata que habíamos comprado poco después de casarnos,
solo podía repetir en voz baja:
—Aguanta, Emmanuel. Por favor, espérame.
Cada segundo era una eternidad.