El cielo de Monteverde amanecía con un azul opaco,
como si supiera que algo inmenso estaba por suceder.
Los rayos de luz filtraban entre los edificios
como mensajeros sagrados.
Y Monteverde despertaba con ese aire tibio
que mezcla café recién hecho,
vapor del asfalto
y notas lejanas de tamboras
desde alguna ventana entreabierta.
Monteverde no es solo una ciudad.
Es un susurro entre las montañas.
Un mapa hecho de casas de diversos colores
con techos de barro
y azoteas llenas de ropa ondeando
como banderas de esperanza.
Es un poema vivo
entre el bullicio de los buses viejos,
los gritos de los vendedores de fruta,
y la brisa que baja desde la loma
trayendo olor a albahaca
y a tierra mojada.
Monteverde no duerme del todo.
Monteverde sueña.